Vivo cerca de una estación del metro cuya línea corre por la superficie. Siento por lo mismo que es de las más libres para viajar, viajarse y hacer una que otra locura con la cabeza. Acaso leer sea buena opción, poner apodos o, ya de perdida, evocar una rolita de la mano de los hermanos “vagoneros” que suben a vender los últimos éxitos de los piratas del ritmo.
Andaba en esas, seguro con unas fotocopias de un libro de filosofía cualquiera cuando… Ah no, miento!, miento! No, no, nada de eso.
Subí al tren para ir a casa de mi amigo Carlos, era sábado y si no mal recuerdo íbamos a ver a gente importante en alguna cantina de la colonia Roma. Si, claro que sí, ahora recuerdo, era una promesa de borrachera que me tenía un tanto cuanto emocionado. Así de simple. Cerveza de por medio uno a veces pierde lo que queda de cordura.
Abordé el tren en la estación Nativitas, cerca de casa, y desinhibido que soy pasé a tomar el primer tubo transversal que encontrè para asirme con fuerza por si al guey del chofer se le ocurría hacer un frenón marca rompe espinazos.
Imagino que iba en la vil pendeja, como solemos decir aquí a lo que elegantemente se le debe referir como descuido. O sea, iba distraído, pensando en no sé qué chingadera, cuando, por seguridad, opté por ocupar las dos manos para tener mayor control dentro del oscilante vagón.
Y así iba, con un airecillo refrescante de por medio, pasando estación por estación, colgado como gorila, fresquecito yo, tranquilo, disfrutando el viajecín hasta llegar al entronque de Pino Suárez para cambiar hacia la línea 1 con dirección a Observatorio.
No sé cómo, comencé a sentir una mirada insistente casi frente a mí. Era una señora respetable, 50 años acaso, cuya fotografía quedó tácita en mi memoria. Puedo decir que tenía los ojos de plato, fijos, imparpadeables, como si algo fascinante se le hubiese revelado frente a ella.
Una más, pensé. Nada nuevo bajo el sol. A veces uno, gracioso por cierto, debe tolerar el frenesí de los demás por el simple hecho de ser, estar, oler, caminar, viajar, qué se yo, pero esto así suele suceder.
Llegué a la estación de trasbordo y con calma pasé a seguir mi camino hacia la otra línea. Igual que antes, subí al tren dispuesto a un viaje placentero. Total, eran cuatro estaciones que debía alcanzar y esto sucedía rápido.
Pero oh! sorpresa. Ahora no era una, ni dos, eran tres las pasajeras, bueno, y uno seguro que desviado, que me dirigían una mirada impenetrable, un poco trastornada, y eso ya no me estaba resultando normal.
Sin soltarme de uno de los tubos que corre a lo largo del carro para asegurarse, comencé, ooootra vez, a recrear las historias que me tenían como centro de las miradas de esos inquisidores.
Desde el clásico “soy o me parezco”, hasta el “¿y si ya estoy loco y en verdad luzco como indigente?”, pasaron por mi mente, claro, sin dejar de mirar, yo también, ahuevo, a esos espejos de carne y hueso.
Pero descubría que su mirada era más que irreverente, como de reproche o regaño, como la de una mamá que de tantas razones que te ha dicho prefiere aseverar con la mirada lo que el idiota de enfrente nomás no alcanza a entenderle.
Es fácil para mí de repente librarme de estas. Suelo pensar que soy un ser único e irrepetible y que, en verdad, me vale un pito lo que piensen, hagan o dejen de hacer los demás.
Sin embargo, las miradas eran desde que subí hasta que bajé. Ora de frente, ora sesgadas, furtivas casi siempre, pero al fin miradas que van más allá de lo metiche que es la gente. Para mi consuelo, ninguna me incomodó. Simplemente me miraban y llegue a suponer que les resultaba gracioso que me colgara como chango del tubo. Y, como saben, lo que parece gracioso resulta muchas veces de enviada para los demás, de ahí la razón de esos ojotes de ojetes.
Ya en la estación Cuauhtémoc, alcancé la salida y, tras subir y bajar escaleras, llegué por fin a la calle, bendito río de gente que me entretiene con sus historias latentes. Ya hacia la casa de mi amigo siento una ráfaga de aire frío que me entra por todo el cuerpo, me deja expuesto y, ¡ah chis!, ingresa por la parte más noble de mi ser.
Pues sería que era tal la ráfaga que por todos lados se coló que… No, ¡ni madres!, gûey, ¡pendejo!, traía el puto cierre, bragueta para otros, totalmente hasta donde nacen mis nobles… ¡chingao!
Bueno, lo menos que pudieron mirar aquellos afortunados fue la marca Polo del boxer, pero…¡Futa! El boxer también lo traía sin asegurar el botón medio. Entonces… A ver, recreemos: una mano al tubo, las dos, colgado como chango, playera levantada en consecuencia, exposición inmoral, grotesco espectáculo.
Ese fue el festín de Paco. Más de 10 estaciones fui enseñando todo cuanto valgo, bueno, algo importante de mí, la parte más reprimida entre estos canijos, y ahora, otra vez, recuerdo aquellos ojazos de los compañeros de viaje. Si les hubiera preguntado qué tanto me miraban, ahí mismo me parten la madre. O, mmm, no sé, mejor les hubiera pasado charola, eso no se ve seguido, no al manos con esa elegancia.
Camino a casa de Carlos me subo el cierre discreto. Paso por el restaurante VIPS, registro la mirada coqueta de alguien; notó cuando hacía la maniobra. Atiné a señalarle que lo mejor había sucedido atrás. Sonrió, y mi gesto fue, otra vez, de fascinación por el espectáculo brindado.
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