TORTAS VEMOS, CORAZONES NO SABEMOS

Hambriento, fatigado por una caminata de media tarde, resolví entrar a una tortería del centro de la Ciudad de México buscando, primero, unos tacos dorados, luego unos de bistec y si no, qué más, estaba en una torteria, pos una torta.
Sin clientes a esa hora, todo indicaba que sería despachado de “volón”. Solo que me encontré con un tortero medio bisoño y, como mesera, una señora que, la neta, se veía medio “peinada” y poco caso me hacía. Tan es asi que a media voz pedí una “coca” fría y ni quien me pelara.
La dama sólo se ocupaba, fúrica, de buscar los ojos del cocinero, y él, clavados que los tenía en la preparación de la torta rusa que le pedí (milanesa, pierna y quesillo), se hacía como que no pasaba nada y que, ah, cierto, había que atender a un “inche” metiche.
Como al tercer tosido que di, la señora arrastró los pies para ir por mi “coca” (si sí me oyó, nomás que tenía cosas más importantes que hacer, supuse entonces).y me la dio debiéndome el popote, sin siquiera verme, pues toda su intención estaba en quien en esos momentos estaba tras la estufa, las teleras y la mayonesa y cuantas cosas más.
El señorón seguía clavado en la “tortuga”, con una risita media nerviosa, sabedor de que algo bueno vendría, casi casi, podemos adivinar, una madriza en casa.
--Sale la rusaaaa –gritó el moreno señor, para enseguida tomarla la señora, pasármela con el mismo desdén y, ahora sí, “ven para acá papá, vamos a comernos un pollito”.
Justo se sentaron en la mesa detrás de mí. Y que la señora abre fuego, a bocajarro:
--Primero me dices que no irías, luego te tomas la molestia de marcarle y decirle que no vas y ahora me llama para reclamarme que yo no te dejo ir.
¡Gulp!, por poco me atraganto. “Si se arma la de San Quintin les quedo al ladito y no alcanzo a ver por donde vendrá el primer chingadazo”, pensé.
El silencio del tortero irritaba más a la señora.
--Cuando fue lo de la vieja aquella, bueno, era comprensible, pero ahora, ¿qué es esto…?
Más silencio. Mas encabronamiento.
--Tú mismo le das alas, ¿o no? Si no te interesara simplemente tiras de a loco al otro y ya… Ah!, pero no! Hasta hablas para decir que no irías, pero que dejabas abierta la cita para otra ocasión.
Hasta aquí todavía no sabía cuál era el pedo, pero la neta la torta estaba muy rica, con los frijolitos desbordando y el el aguacate en su punto.
--Mira, te la volteo. Es como si entrara una “vieja” al local y de pronto me coquetera, se me acercara, me tratara de besar, y aunque yo la rechazara no le diría que no, aunque no le haya dicho que sí. ¿Me entiendes?
“¡Ah chingá!, menos entiendo”, seguí pensando mientras tomaba un poco de refresco para ver si así me desapendejaba.
--Claro, claro, si te ofrece que te comprará esto, que te dará l’otro, no pos la ambición es cabrona ¿no? Pero entonces no digas que nomás le das el avión, si hasta te tomas la molestia de llamar para cancelar y eso si que no me lo dices. A menos que…ocultes algo, y ahí sí, pos ni qué hacer.
“Futa, ¿qué ocultara este güey?”, me pregunté, viendo casi el fin de mi torta.
--Mira Nicolás, nomás te digo una cosa, y eso lo sabes muy bien, este chingado viejo anda trayendo comiendo de su mano a varios cargadores de La Merced (emblemático barrio donde hay digamos que de todo, y todo es todo) y pues, si sigues así, pos ni modo que no piense que igual, más que dinero lo que pasa contigo es que eres igual de joto –sorrajó la “ñora”, valiéndole queso, de plano, que yo estuviera ahí. Ahora, si es así, pos dímelo, total, así me ahorro que el cochino me llame para reclamarme que no te dejé ir a comer, que tenían una cita y que por mi culpa no fuiste. Comer, ajá, comer…
“¡No manches!, el tortero salió puñalón, con razón ni habla el güey”, deduje de inmediato. Quise voltear para ver, capturar su rostro y llevármelo con la bochornosa anécdota, y me topo con una mirada perturbadora. La señora seguía con su perorata y este con los ojos de chivo loco.
“Me cobra por favor”, le digo a la señora y, para no desentonar, me deja con el billete extendido y mejor se “jala” hacia el bañito con unas ganas incontenibles de llorar.
El tal Nicolás, en tanto, se levanta del lugar donde lo “calabacearon” y pasa a su barra para darme el cambio. Me devuelve entre las monedas unos billetes que, aprovechando, me entrega con dos apretones de dedos y una sonrisa de “pues sí y qué, regresa pronto y prometo que ya no estará la leona”.
Ni con una jauría este cabrón escarmentará. Obvio, huí.
Fotos tomadas de participantes en flickr.com




Francisco Vázquez Salazar
Cursé la Licenciatura en Comunicación y Periodismo en la Facultad de Estudios Superiores Aragón, de la Universidad Nacional Autónoma de México.
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claudia dijo
Mi querido pakirri como me encanta leerte de vedad se que eres un chico mas que talentoso. Me facina tu manera tan coloquial de ver la vida me encanta...
Sabes mi querido se que el destino nos tien preparados para algun dia preparar algo juntos no desesperemos.... Se te aprecio paco Muchos besos y abrazos.
Tu amiga la mas guapa.... osea yo mera
3 Agosto 2007 | 09:00 PM